De la provincia a la capital

La experiencia de estudiar y vivir por tu cuenta en un lugar diferente es siempre increíble. Ser un estudiante foráneo en la universidad te enseñará hábitos y proporcionará herramientas que algunos de tus compañeros nunca aprenderán sino hasta el comienzo de su vida profesional e independiente. Algunas de estas habilidades incluyen desde el saber distinguir entre un buen filete y aprender el arte de cocinar un arroz decente y comestible, hasta calcular casi inconscientemente lo necesario para sobrevivir semanalmente sin dejar de comer un día e incluso salir el fin de semana.

Pero los beneficios de ser un estudiante foráneo, especialmente en la capital del país, no se reducen solamente a efectos prácticos, sino también a una multitud de hábitos de estudio y habilidades intelectuales que a largo plazo serán sumamente útiles para cualquiera que los adquiera y que yo definiría como una “madurez anticipada”, pues al ser independiente y carecer de un ojo paterno o materno vigilante que reglamente todo comportamiento, uno se ve obligado a discernir por sí solo lo conveniente de lo inconveniente, la amistad benéfica de la amistad perniciosa, se habitúa a exigirse a uno mismo lo mejor y, finalmente, se aprende que la trillada frase “No se valora lo que se tiene hasta que se pierde”, es más verdadera de lo que alguna vez pensamos, aunque la diferencia es que nada fue perdido, sino dejado atrás con la vista en un futuro mejor.

Pero no solamente se aprende a ser autosuficiente, sino también se logra conocer todo el potencial innato que pareció haber permanecido en la pasividad hasta que nos obligamos a explotarlo. Se rompen paradigmas muy profundamente arraigados, como el reducido concepto del mundo que con frecuencia tenemos los jóvenes en nuestra inexperiencia y que resulta ser totalmente falso, enseñándonos que la vida es en extremo corta y hay demasiado por conocer, siendo una verdadera pérdida de tiempo el desperdiciarla en lo efímero.

Es indudable que hay solamente ganancia en la decisión de estudiar fuera de casa, pues te conviertes en tutor de ti mismo y valoras todos los pequeños y aparentemente insignificantes detalles que anteriormente tenías por seguros, pero que eventualmente aprendes a conseguir por ti mismo. Así que no descartes sin consideración o por miedo a lo desconocido la imperdible oportunidad de convertirte en un estudiante foráneo, y más si tienes en la mira una universidad que se acopla a tus deseos y te ofrece lo que buscas.

Alfredo Walls Gómez

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