El loco tenía razón

Bastantes fueron los anuncios que vaticinaron el inicio de nuestra época. Fuimos artífices y, al mismo tiempo, víctimas de nuestros arte. Es momento de enfrentar hechos: El Ser murió y, con El, no sólo colapsaron las construcciones que alguna vez se edificaron para contemplarlo; junto a ellas yace el mismo constructor.

Pero allí, entre los escombros, esta carne y estos huesos remueven el cascajo. Todavía siguen confiados y confiando. Ilusos.

En la mañana de un martes, en una cátedra de babig (Metafísica), el Dr. nos advirtió:

—    Filósofos del mundo, sepan que pasaremos a la historia como la generación de filósofos a los que un Papa tuvo que suplicarles que confiaran en la razón.

—    Vaya bienvenida al siglo XXI, dijo uno de nosotros.

Pero… ¿A dónde fue a parar la razón?; esa razón altanera que desmitificó las cosmogonías de la antigüedad, esa facultad que midió y juzgó el mundo durante tantos siglos; que construyó instituciones sólidas; que logró salir de sí misma y reconocer al otro, esa misma que se atreve a hablar de un todo y que, hoy en día, presume certeza sobre su evolución.  

Ah, pero llegó el desencanto: enfrentó límites. La vimos huir y creímos que, por humildad, había corrido en búsqueda de una justa alianza con los sentidos; ¿cuál justicia? ¿Cuál unión? La reina, enamorada, abdicó a su legítimo gobierno y entregó el trono a sus amantes, los sentidos. Entonces fue persuadida de volverse contra lo más alto y noble que hay en ella misma; para, más tarde, quedar sometida, toda ella, al terrible imperio de la sensación. Ahora es una razón anestesiada, esclava del cambio, de la inmediatez. Ahora queda una razón sedada. Un pensamiento débil.

Ejercicio inútil y engañoso es ese de la abstracción. Lo que no aparece de inmediato, no tiene porqué aparecer.

Pensamiento frágil, pensamiento incapaz de desatar los amarres de la servidumbre, pensamiento que vive entre sombras y que se contenta con imágenes. Nos quedamos sólo con huesos y músculos, moléculas y átomos, explosiones y expansiones; éstas son las únicas razones de nuestro andar, de nuestro estar y existir. Era claro, el loco tenía razón, el Ser ha muerto, y con Él, las miras hacia un porqué transcendente. Una causa final. El hombre se ha convertido en alguien sin rostro, con un bombín elegante pero sin razón de ser. 

Sí, de vuelta a la cloaca; al letargo y al grillete. No es la ignorancia lo que nos detiene, es la sospecha, la desesperanza; llámala desconfianza. Un malestar causado por la falta total de esfuerzo sostenido, un dejarse estar. No es siquiera esa enferma rebeldía de los poetas malditos, no, es aún peor: es indiferencia.

Según el filósofo de la historia Giambattista Vico, la humanidad está condenada a cursar y recursar —válganme la redundancia— el curso de su historia. Hasta este momento, si no podemos verificar plenamente esta teoría, sí podemos percibir ciertas luces que nos acercan a ella.

¿Por qué habríamos de esperar que la filosofía estuviera exenta de esta recurrencia histórica (si es que hay tal)? ¿Quién hace, si no es un hombre, la pregunta por el ser? Puede que la filosofía ostente en tratar sobre lo que permanece a través del tiempo, lo que es en sí y no por otro, pero, a fin de cuentas, ese que trata es el hombre, y él, a todas luces, es un ser temporal. Tal vez erramos al pensar que en la filosofía sería diferente: creímos que por hacer uso de la razón no tendríamos que atenernos a los ciclos de la naturaleza (sean los que estos sean). «La razón puede plenificar la naturaleza, modificarla, cambiarla», argüimos algunos.  Después dejamos de confiar en su esfera más alta, en su capacidad y en el objeto más noble. Luego en toda ella. ¿No era esta facultad lo que nos definía? ¿Si desconfiamos de la razón, no debemos, luego, desconfiar de los seres cuya esencia recae o recaía en ella? 

Fuimos muy arrogantes al creer que podíamos vencer a la naturaleza,  henos aquí ahora, ante lo que se ha llamado el Crepúsculo de la Metafísica.  Sí, pero si Vico tiene razón, y su llamado corsi e recorsi se cumpliese, el crepúsculo no sólo anunciará el final de la Filosofía Primera, sino un nuevo comienzo.  Los filósofos seguirán haciendo trazos, pero es la humanidad entera quien tallará la piedra; andarán, y andarán en círculos, sí, lo harán, pero el filósofo y su Filosofía deben trazar un espiral (ascendente, de preferencia) en cuya trayectoria se vea arrastrada toda la humanidad. Abrámosle paso, ella nos seguirán.

Es lo que hay:

En algún tiempo, aquel fenómeno que conocemos como globalización terminará por permear los últimos centímetros del globo; una nueva pangea se conformará y dejará como principales realidades vinculantes a las caprichosas fuerzas del mercado. Seguirán cayendo instituciones junto con los fundamentos que ahora soportan a la sociedad. El lenguaje seguirá vigente; seguiremos siendo “personas”, pero, en cualquier momento, sin un nuevo sentido o su sentido anterior, terminarán reducidas a mitos y, por lo tanto, sinsentidos, junto con el objeto al que refieren. La razón misma quedará mitificada.

Pero entre tantas escombros y ruinas, podemos aún llamarnos afortunados, porque ahora nuestra empresa ya no será mediatizada; ya no hay gobiernos cuyos cimientos nos necesiten, ya no hay un statu quo que lo demande, qué decir de afanes utópicos. Ahora podremos buscar lo que es en sí mismo,  por sí mismo. Llamémonos afortunados y llamémonos filósofos.

El mundo alguna vez lo desconoció, era inocente. Pero esta vez le dio la espalda. Nos dio la espalda. Nos dimos la espalda.

Bah, eso sí, no es novedad.

Como filósofo (o aspirante a), entiendo la inquietud de algunos colegas que han rehusado volver la mirada atrás; entiendo su miedo a encerrarse en causas y principios, potencias y actos, seres y no seres, entiendo y aplaudo su audacia; su voluntad creadora, su intención de de descubrir nuevos métodos y sistemas. Entiendo, pero cualquier movimiento requiere un punto de partida, es así que no podemos desembarazarnos completamente de nuestra tradición. Por eso algunos elegimos volver a ella y, una vez habiéndola comprendido, comenzar a andar. Sólo así sabremos dónde estamos, de dónde venimos, qué camino hemos recorrido y, al final, a dónde lograremos llegar. Esa es nuestra elección, nuestro deber y compromiso; esa será la suya. No importa, ya vendrá aquél que haga la síntesis. Siempre lo hay.

Henry Siqueiros

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